Un paseo por las calles de mi ciudad en otoño revela cambios no sólo en los árboles, sino en los establecimientos que van echando el cierre y cuyos escaparates van poblando carteles de se vende, se transpasa o se translada, cambiando así nuestra geografía social urbana. Puede resultar doloroso que cambien de dueño tu restaurante preferido, que eche el cierre el bar con el que te veías con tus amigos tras las clases o que la tienda de ultramarinos de toda la vida haya comprado los dos locales adyacentes y ahora sea una tienda china que vende de todo. Puede ser que el establecimiento equis aún siga desocupado y entre el escaparate polvoriento, el rollo de papel de embalar y los carteles de la empresa inmobiliaria aún se perciban vestigios de su actividad pasada. La morfología de las ciudades y sus actividades comerciales es normal que vaya cambiando con el paso del tiempo, pero a mí, personalmente el caso que probablemente me afecte más emocionalmente sea el de los cines.
Los grandes y pequeños cines de la ciudad han ido dejando paso a los gigantescos complejos multisalas de las afueras como parte de sus centros comerciales. Pese a que la tecnología nos haya proporcionado sistemas de altavoces home cinema y pantallas planas de un tamaño y precio impensable hace una década, no creo que puedan emular la fuerza, el impacto y la magia de esas grandes salas oscuras a las que uno acudía dejando atrás su rutina en el colegio y abierto a lo que la pantalla quisiera mostrar. La sensación de la moqueta, el gusto de las palomitas saladas cuya sed que provoca es saciada con un buen bote de refresco, pero sobre todo la sensación de dejar el mundo atrás durante hora y media o más tiempo. En ese espacio lúgubre donde puede pasar cualquier cosa, en muchas ocasiones afloran las emociones de diferente tipo.
Cuando cierra un cine, es imposible no pensar en ese momento en las películas que ahí has visto, los cumpleaños que ahí has celebrado, los largos momentos de espera que pasaste haciendo cola frente a sus taquillas o los momentos que pasaste solo o junto a determinadas personas. Debido a ese torbellino sentimental, mucha gente se acuerda y lo menciona como parte fundamental en su geografía de juventud. "Ahí en ese solar se encontraban los cines _________. Eran dos salas con su patio de butacas y su gallinero, que eran las entradas más baratas. A menudo, una vez comenzada la función, entraban en manada las pescadoras con las cestas, y armaban cierto alboroto. Cuando el patio de butacas ya se había calmado, una voz de fondo gritaba que acababan de llegar los barcos, y todas ellas se levantaban y provocaban igual escándalo e indignación a su salida al resto de espectadores". Muchas veces le he oído a mi padre contar esta anécdota, al igual que cuando pedían identificación a la entrada, cuando pateaban el suelo con fuerza durante las persecuciones del oeste en el cine de su colegio, o aquellas largas tardes de sesión doble los fines de semana.
Además de los ancianos cines de ciudad, los primeros multicines que abrieron en un centro comercial también han cerrado hace unos años, dejando paso a una tienda enorme de una franquicia de ropa. Cuántos cumpleaños habré celebrado allí. Me acuerdo perfectamente de esos cines que ya han pasado a mejor vida. Pese a cambiar de actividad, un aparcamiento subterráneo y un hotel han tomado el nombre de los cines que allí se ubicaban. Hay algunos otros que se reconvierten en cines de segunda oportunidad, donde van a parar las películas del momento que van saliendo de la cartelera a un precio bastante más reducido, como suelen hacer los pequeños cines de ciudades de provincia. Otra alternativa es transformarlos en salas de arte y ensayo, donde se pueda proyectar películas alejadas de los circuitos más comerciales. Éste es el caso que voy a explicar a continuación.
Para una ciudad de algo más de 177.000 habitantes, supone un soplo de aire fresco en su oferta cultural la existencia de unas salas de este tipo. Los periódicos de las grandes ciudades (entiéndase Madrid y Barcelona) ocupan páginas y páginas con la variedad que ofrecen sus cines, y sorprende ver que un buen número de las películas que muestran las revistas de este medio, no las verás jamás pasar por tu ciudad. A mí personalmente me suele pasar con el cine asiático, y cuando salen en DVD uno no deja de retorcerse de indignación en su interior al ver que su precio es el doble que el que marcarían en las dos grandes ciudades, probablemente por la ausencia de centros culturales que trabajan en colaboración con empresas de distribución. No me invento nada. Una película que por Casa Asia cuesta 5,95€ te la encuentras a 18€ en el Corte Inglés o el Mediamarkt de turno.
Hace 10 años abrió sus puertas en unos bajos tras el mercado y cerca del ayuntamiento los cines Groucho. También otra gran noticia fue que volviesen a abrir el antiguo cine Bonifaz reconvertido en la filmoteca de mi región. La diferencia obviamente es su financiación por parte del gobierno autonómico en el segundo caso. ¿Cómo se puede rentabilizar unas salas de cine sin el apoyo institucional? En una población altamente conservadora y relativamente anciana, proyectar películas en versión original subtitulada es como pegarse un tiro al pie, máxime si tenemos en cuenta que esa población mayor conforma su mayor clientela, bastante por encima de los estudiantes universitarios refinados que han pasado de llamarse modernos, a gafapastas para ahora convertirse en hipsters y rechazar todo lo mainstream. Etiquetas aparte, los cines han llevado a cabo una buena cantidad de ciclos, sobre todo mezclando el cine y la gastronomía, pero la mayor parte de las veces, al igual que con su programación, uno no se enteraba. Cuando uno encontraba un rato libre para ver una determinada película, esta ya se había esfumado de las dos salas. Puede que la comunicación o el publicitarse no fuera su fuerte, y yo personalmente apenas conocía de su existencia hasta tiempos muy recientes, pero tuvieron más de siete años relativamente prósperos.
Al parecer, de un año a esta parte, el cine estaba en venta para que otros siguieran con la actividad... pero nada de eso sucedió. Este último año acudí un par de veces o así, y su precio era prácticamente igual que el de los multicines. Algo iba mal. La parte fundamental del proceso, el público, dejó de acudir, y este pasado día 30 cerró sus puertas. ¿Fue primero el huevo o la gallina? ¿Dejó de acudir el público por los elevados precios o viceversa? La verdad es que se trata de una actividad arriesgada orientada en muchos casos a un público muy específico. Domingo y lunes se abrió un mercadillo en donde se ponía en venta de todo. Carteles, afiches, mobiliario, bobinas, material de proyección... incluso los felpudos y las cuñas metálicas gigantescas para mantener abiertas las puertas. Precisamente cuando acudí yo, ya habían arrasado con la mayor parte, y pude pescar algunos afiches de películas asiáticas, tres cuencos, seis vasos, un paquete de folios y un retal de película. Muchas de estas cosas salieron gratis, y la gente pasaba a husmear para luego marcharse, no sin antes expresar demasiado tarde su pésame por el cierre del local. Demasiado tarde.
Hoy en teoría tendrán una reunión, y cabe una remota posibilidad que la actividad se retome en el futuro con otra gente. Quién sabe. Hoy simplemente quería escribir de ello y de tantos otros cines que han echado el cierre. Ya es una pena. Habrá menos variedad. Llegará alguna joya de rareza muy de cuando en cuando a los multicines y la retirarán al cabo de una semana para que de doce salas, nueve estén ocupadas por la de superhéroes de turno y la supuesta comedia rancia española. Que tengan una buena semana.

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